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martes, 17 de julio de 2012

Caminando en el mar

Despierto y nado, me sumerjo en esa aguas profundas que borran las huellas dejadas, las huellas que permanecerán solo cubiertas por arena, una arena que las irá desgastando pero no las dejará partir pues marcan el camino de regreso, el origen de las cosas, la fotografía a la cual volver o simplemente hechar un vistazo para encon trar el punto exacto en el que nos equivocamos.
Paso a paso, el agua va cubriendo poco a poco las raíces de mi andar, los motores de mi carrera contra reloj; y de repente, se va aligerando la carga, sabes que contunúa ahí pero pierde peso al flotar sobre esas aguas que tanto amas, que tanto disfrutas, que son tu elemento perdido, tu constante en cada sueño y el punto de regreso. Es una carga pesada que no siempre logras soportar, un peso que a veces viertes sobre otros, sobre aquellas personas susceptibles, sobre quienes sabes que no aligerarán la carga pero te acompanarán riendo y llorando internamente aunque no te lo demuestren.
Y se tiñe poco a poco el agua, esa agua clara que por momentos se vuelve turbia, agitada, pero siempre regresa a su tranquilidad, a aquella profundidad que le da su misticismo, que te provoca adentrarte en ella por que crea vida pero que siempre te recuerda que debes mantener cierta distancia, un respeto casi ceremonial a su naturaleza incosntante, a su alma nómada, a su corazón solitario y perdido que no sabe cómo, pero siempre le muestra el camino a casa.
Es hora de comer, quizá deseas regresar a visitar a los viejos amigos, a  aquellos sabores que ignoras o abandonas por probar nuevos condimentos pero que mantienen grabado en tu memoria el placer, la tranquilidad, la certeza itinerante de su compañía; aquellos sabores que te hacen sentir en casa, cobijada, aquellos que te perturban y alteran tus sentidos pero siempre mantienen ese toque que te hace volver, que te invita a regresar para que recuerdes que nada ha cambiado en ese mundo de condimentos exóticos que otorgan una fiesta de sabor y sensaciones a tus sentidos.
Y volteas, miras a esa playa, te gusta la arena, pero te gusta aun más entrar en el mar, buscar la tempestad o simplemente dejarte llevar por las olas; y no sabes que hacer, pues los recuerdos y sentimientos evadidos regresan con cada corriente que se avecina entre tus piernas y parece empujarte a momentos y querer derrumbarte en otros. Y se remueve la arena bajo tus pies pero simplemente disfrutas esa sensación, el como toca delicadamente tus dedos y te hundes poco a poco pues, a pesar de la fuerza de las corrientes, las olas y los recuerdos, hay algo a lo cual aferrarse, un ancla interna que alguien te regalo hace mucho tiempo, un ancla que negaste y que sin embargo te ha mantenido a flote en los momentos más duros, el ancla que aun cubierta de moho te recuerda que sigue ahi, muy clavada en tu corazón aunque no quisieras aceptarlo, un ancla que a pesar de la tormenta, huracanes, altas y bajas de la marea te ha dado dos años y te dará uno más, un año para zarpar, para recordarte como navegar, un año más de espera.
Hoy no te importa esperar, ya lo hiciste, ahora sabes que puedes y que no te moveras. No sabes cómo regresará su dueño, ni siquiera te reconoces presente, no sabes tampoco que tan picado se enuentre el mar o que  nuevos rumbos tendrá en mente tu faro siempre alumbrado pero itinerante, solo conoces tu certeza, aquella de querer partir sólo cuando ese antiguo navegante vuelva a las aguas de las que nunca se fue.