
Escribe y hazlo como si tu boca no pudiera expresar palabra alguna, como si tus cuerdas bucales fueran obsoletas, como si carecieras de cualquier otro instrumento para comunicarte, para decir lo que sientes o tan solo para callarte. Escribe no con las manos, escribe con el pensamiento, con tus sueños y emociones, con la tinta que corra de cada sentimiento desbordado.
Cual pasión guardada en tu interior, grita de deseo, de temor, de alegría, incluso de aburrimiento; devora cada hoja, siente el sabor de cada página, degusta la sensación que deja en tu boca cada autor, cada época, incluso cada tipo diferente de papel.
Empieza por un libro delgado, digerible, escoge aquel que llame primero tu atención, no quieras parecer un intelectual si no lo eres y aunque lo fueras ¿de qué te sirve un libro de teología si eres un ateo? ¿para qué un libro de filosofía si no comprendes la poesía más pura y simple?. Recuéstate, encuentra un lugar cómodo y solitario un lugar que te permita toda la tranquilidad posible para imaginar, para adentrarte entre las hojas, sumergirte en una historia, vivir a través de otra persona: ver con otros ojos, saborear con otra boca.
Disfruta ese olor a papel viejo o nuevo (en lo personal, disfruto más el olor a añejo), deja que cada poro de tus manos se funda en esa textura rugosa de cada página que corta, de cada pedazo de historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario