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lunes, 14 de noviembre de 2011

Fuego

Llama ardiente, llama que quemas y devastas, ¿serás acaso capaz de devolver la vida a sembradíos muertos, a pastizales secos, a hojas acumuladas por el paso del viento? Joven llama, tan deseosa de vivir, llama aventurada que no temes quemar ni quemarte en tu pasional andar.

Altiva, soñadora, viajera, tan completa e incompleta, inmadura y sincera; juguetea, conoces bien las reglas, tu misma las creaste y las disfrutas, son esa parte de tu vida, del encanto del que te sabes poseedora; nunca te has sentido culpable, sabes lo que provocas y lo saboreas por que eso le da ese toque necesario a tu existencia.

Deseas renovarte, sin embargo, te conoces demasiado bien, te gusta estallar, incendiar y después bajar la guardia, permanecer ardiendo; es tu elemento y nunca lo has negado ni lo has querido cambiar. Fuego que tanto le teme al agua y sin embargo sabe que la necesita, la mantiene viva o puede apagarla cuando así lo desee; viento que la aviva y la lleva a otras latitudes, tierra que respira y le da el secreto de la renovación día a día.

No pidas permiso, ella nunca lo hace, entra sin que la esperen y sale sin que se den cuenta para detenerla, sin embargo es muy tarde, ya ha dejado su huella: cenizas que no se borran, que dejan quemaduras a veces superficiales pero siempre inolvidables. ¿Ególatra? tal vez un poco, es parte de su encanto, de su cinismo, de su insensatez, de su ternura, de su sensualidad censurada, de sus ganas de vivir y de su contrariedad. Solo bésala sin tocarla, acercate si te quieres quemar.

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